Tour del Posets I

En el corazón del pirineo, en el interior del Parque Natural Posets-Maladeta, se sitúa este bello recorrido que nos lleva a rodear y conocer el entorno de los dos picos más altos del pirineo. Siguiendo principalmente el trazado del sendero GR11 (y algunas de sus variantes), y a lo largo de sus 85.7 km (con 5964 m de desnivel positivo), nos muestra, a través de prados alpinos y pedreras, la belleza de este enclave repleto de preciosos lagos (ibones) de frías aguas.

En realidad se trata de dos circuitos (tour del Aneto y tour del Posets), que pueden realizarse independientemente, o enlazarse vía Benasque. Esa fue la opción que nosotros tomamos, aprovechando para pernoctar y reponer fuerzas en dicho pueblo. Benasque fue también comienzo y final de la ruta, y hace honor a su título de centro neurálgico del parque natural, porque dispone de centro de interpretación, tiendas de alimentación y montaña, y de todo lo necesario para proveerse y afrontar la ruta.

Que tampoco es que resulte necesario hacer acopio de provisiones, ya que la red de refugios es excelente, y en todos ellos se da la opción de que te preparen una bolsa de picnic, de modo que no tienes por qué cargar comida. En cualquier caso, nosotros (Josito, Mony y yo) no recurrimos a eso, como ya explicamos aquí.

Nuestra primera etapa era corta, lo cual resultó de agradecer porque tuvimos que hacer un largo viaje en coche para llegar allí. Llegamos a Benasque a mediodía, y el pirineo nos recibió con un clima nublado, que amenazaba tormenta. Mientras tomábamos unas bebidas isotónicas (léase cervezas) comenzó a llover con fuerza, lo que, para ser honestos, nos dio un poco de bajona. Una cosa es que te llueva a mitad de camino (qué le vas a hacer…), y otra es echar a andar sabiendo que indefectiblemente te vas a calar. Esperamos un rato, sabiendo que como le etapa era corta teníamos tiempo, pero la cosa no parecía mejorar. Finalmente nos decidimos, montamos en el coche y nos dirigimos al parking de Estós, donde comienza la ruta. Hicimos repaso de la mochila de Josito (ya hemos dicho que era su primera vez; creemos que no será la última), le obligamos a dejar en el coche un tercio de lo que llevaba, y echamos a andar bajo la lluvia, que ahora caía con menos intensidad.

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La subida hacia el refugio de Estós discurre por el valle del mismo nombre, por un camino asfaltado al principio, siguiendo el recorrido del río, que tiene unas aguas de un color espectacular. Más adelante el valle se abre y se pasa a un camino sin asfaltar y luego un sendero; por el camino pueden observarse las cascadas de Gorgues Galantes, y la famosa Cabaña del Turmo. Nos cruzamos con bastante gente que bajaba después de un día de excursión, pero no vimos a nadie que siguiera nuestra dirección (no es de extrañar, porque íbamos un poco tarde…). Misterios de la vida, justo al llegar al refugio dejó de llover. El refugio esta aceptablemente bien, aunque las duchas están fuera y comparando con otros refugios, son un poco cutres. Pero… qué demonios, al menos puedes ducharte! No seré yo quien critique las bondades de un refugio de montaña. Otra de las maravillas de los refugios: copiosa cena. Después nos permitimos una de las concesiones que hemos hecho este año al ultraligerismo: chupitos de tequila (convenientemente reembotellado, eso si…) cortesía de mi cuñado Álvaro, que nos regaló una botella. Josito trajo algo de vodka, por su lado. No penséis mal… sólo un poquito, para entrar en calor. Ya hemos dicho que este viaje iba a tener un fuerte componente social.

La mañana siguiente trajo el buen tiempo, y con él, un ánimo más dispuesto a andar que la jornada anterior. También contribuyó a disminuir un poco mi pesimismo sobre el destino al que creo que la humanidad se dirige (me explico, que esto ha sonado muy deprimente…). Justo cuando estábamos dispuestos a partir, el guarda del refugio salió corriendo a buscarme: alguien había encontrado mi cartera en los aseos (con documentación, dinero y tarjeta) y me andaban buscando para devolvérmela, intacta. Mi reacción aun despierta las risas de mis compañeros de viaje…

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La ruta en si es bastante gustosa, no sube mucho ni muy bruscamente, buscando a través de bosque y canchales el Collado de Estós (2572 m), que comunica el valle del mismo nombre con el de Chistau. Una vez arriba, paramos a comer, y sucedió algo que cambió el curso del resto del viaje: conocimos a Hugo.

Hugo es un muchacho vivaracho y, sobre todo, dicharachero, que estaba haciendo la misma ruta que nosotros, en solitario. Pegó un poco la hebra con nosotros, y decidió acompañarnos el resto del viaje. Riojano, creo recordar (con la enorme cantidad de cosas que me contó se me mezclan los datos, pero por lo menos vive en La Rioja y trabaja en una bodega), aprendiendo a tocar la guitarra (como yo), simpático, generoso… El principal problema resultó ser que ronca como un maldito; y no lo sabe, o al menos no lo reconoce. “Anoche en la habitación dicen que había alguien que roncaba mucho, pero yo he dormido bien”. Oímos distintas variaciones de esa frase a lo largo de los días, incluso en noches en las que compartimos cuarto, hasta que finalmente llegamos a una conclusión. Hugo, si lees esto (espero que si, porque te voy a pasar el enlace), no te lo tomes a mal, pero entiende esto: si todos en la habitación se quejan de que alguien ronca y tú no te enteras porque estas dormido, el que ronca eres tú. Y no pasa nada, eso no te hace peor persona (bueno, un poco si, jeje…).

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Seguimos con la ruta, que estoy desvariando. Pasado el collado comienza la bajada, que nunca llega a ser excesivamente pronunciada, y que nos lleva a una pequeña pradera situada en la confluencia de tres valles que es un sitio ideal para un descanso: la Pleta de Añes Cruces.

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A partir de ahí, tras una pequeña subidita, es todo bajada hacia el refugio de Biadós (1760 m; remarco que lo escribo con “b” porque al guarda del refugio parecía molestarle que en muchos sitios viene escrito con “v”; ¿o era al revés?) siguiendo el curso del río Cinqueta de Añes Cruces. El macizo del Posets (3369 m) queda siempre a la vista a nuestra izquierda, al otro lado del río, ofreciendo impresionantes vistas que hacen más llevadero el final del trayecto.

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El refugio está genial, con unas instalaciones limpias y cuidadas, aunque el guarda parece un poco seco. Y hay que destacar que se come de escándalo; cenamos, entre otras cosas, un cordero riquísimo. Inolvidable.

Continuará…

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