Tour de L’Oisans (GR54) I

La narración del que fue nuestro primer viaje de este tipo (aunque algo habíamos hecho antes…) incluye casi de todo: camaradería, excelentes paisajes, pájaras, festines de comida, tormentas, autostop… incluso una visita indeseada en mitad de la noche.

Le Tour de L’Oisans. Decidlo en voz alta, con acento francés. Suena bien, verdad? Elegimos ese trekking por el nombre (que mola), por ir a los Alpes pero evitando hacer el Tour del Mont Blanc (si, somos así… nos gusta ser más originales) y porque la duración nos cuadraba. Tiene un grado de dificultad asequible, es circular, con acceso y salida fácil, y una guía escrita con muy buena pinta (y que recomendamos!).

Descripción de la ruta.

A grandes rasgos, la GR54 (que es el otro nombre que recibe este trekking) es una ruta circular, que puede hacerse en 10-13 días, que discurre a lo largo de 176 km por el Parque Nacional de Les Écrins, en los Alpes franceses. Rodea el macizo montañoso que da nombre al parque, y tiene un desnivel positivo acumulado de unos 12800 m.

Download file: gr54.gpx

Llegar allí.

El punto de acceso y salida más lógico es Bourg d’Oisans, al sudeste de Grenoble. A los amantes del ciclismo puede que les suene este pueblito, ya que se sitúa a los pies del mítico Alpe d’Huez. Dispone de todas las comodidades (hoteles, restaurantes, supermercado, tiendas de montaña, camping). Nosotros volamos desde España a Ginebra, y un par de autobuses después (vía Grenoble) estábamos montando la tienda en el camping, que aunque queda un poco retirado del pueblo, esta situado idealmente para iniciar la ruta.

La ruta.

Aunque llevábamos la guía, habíamos decidido no seguirla al pie de la letra, entre otras cosas porque está pensada para hacer el trekking de gûite en gûite (o sea, durmiendo en refugios o alojamientos en los distintos pueblos por los que se pasa).

El primer día era de los buenos, saliendo de los 720 m. de altura a los que se encuentra Bourg y subiendo hasta el col de Sarenne (a 1999 m.) y bajando a Clavans-le-Bas; en total, casi 1800 m. de desnivel positivo. Se hizo, duro, pero la emoción de comenzar una experiencia así, junto con los paisajes y la buena compañía, lo hizo más llevadero.

Hacemos un inciso aquí para comentar que el peso que podíamos cargar sobre nuestras espaldas podía rondar los 16 kg (14 kg en versión femenina).

Mochila llena. Nótese la bolsa de basura, para no dejar atrás nada más que nuestras huellas…

Habíamos leído ya cosas sobre material ultraligero, y algunos conceptos los teníamos claros… pero aun así íbamos cargados como mulas. Por ejemplo, llevábamos embutido de casa para bastantes días (con lo cual, hasta que nos lo fuimos comiendo, pesaba lo suyo) y siempre, siempre que pasábamos por una fuente, cargábamos de agua a tope (eso, a veces lo seguimos haciendo; creo que da para un post sobre el tema, porque la mayoría de veces es un coñazo, pero a veces nos ha salvado el culo).

En este primer día hay un par de anécdotas interesantes/curiosas… dormimos en un antiguo cementerio, pero yo no quise decírselo a Mony hasta el día siguiente, por no sugestionarla. Así que, aparte de casi no dejarle ver la guía (que lo explicaba) tuve que distraerla para que no se acercase a un cartel donde también lo explicaba. La otra anécdota es que mi proyecto de sandalia mega-ultra-ligera (hecha con unas plantillas, cordel elástico y un cierre tanka) fracasó estrepitosamente a la primera de cambio. Así que al día siguiente tuve que comprarme unas sandalias en el primer pueblo que vi (unas Teva que me quedan grandes pero que estaban de oferta, y que aún uso bastante). Moraleja: lo barato (y excesivamente ultraligero) sale caro.

Al día siguiente aprendimos (fundamentalmente yo, Carlos) que el segundo día de un trekking es el día más duro. A ver, repetid conmigo: EL SEGUNDO DIA DE UN TREKKING ES EL DIA MAS DURO. Un consejo: aunque en la práctica nunca lo hacemos, no estaría de más planificar las rutas de modo que los dos primeros días sean un poco mas tranquilos, pa coger ritmo. De nada.

El caso es que aunque a priori el día era más tranquilo (unos 990 m de desnivel positivo acumulado) pasaba por tres collados seguidos, de entre 1900 y 2365 m. Además, después del último collado no fuimos capaces de encontrar ningún sitio donde cargar agua (que nos pareciera de confianza, porque charcos hasta arriba de mierda de vaca si que encontramos muchos). El caso es que a mi me dio una pájara tremenda. Y eso que las vistas (que siempre ayudan a levantar el ánimo) eran tremendas: La Meije (3982 m.) te acompaña casi todo el camino.

Las vistas del día. Espectacular!

Pero sumamos el cansancio del día anterior, el de este, el peso de la mochila, la deshidratación, mi deficiente forma física (echad un vistazo a las fotos, no hay más que verme)… y como resultado yo casi no llego. Teníamos previsto acampar en un sitio que había visto yo en internet que la gente solía hacerlo (en un foro francés), pero ni lo encontramos, ni llevábamos agua como para poder acampar (ya sabéis, hay que cenar, desayunar, beber… y a ser posible, lavarse un poco). El caso es que tuvimos que andar más de lo previsto, lo que a mi me remató. Mony se adelantó, y para cuando yo llegue a Le Chazelet ya tenía localizada una fuente y me esperaba con una botella llena. Durante un breve instante nos planteamos si cargar agua y volver a buscar el sitio pa acampar, pero yo no estaba pa bromas. Buscamos un gûite, nos duchamos y nos pegamos el que posiblemente sea el mayor banquete estando en la montaña que hayamos comido nunca. No recuerdo bien lo que era, solo que era abundante y rico, y que después de los postres sacaron una enorme tabla de quesos para que todo el mundo se sirviera… ay, si la hubieran sacado antes!

No estaba mal el sitio… La comida, un escándalo

Siguiente etapa, un poco más repuesto, y ya habiendo asimilado cómo funcionan las cosas en los Alpes: cada día partes de un sitio, subes un collado de más de 2000 m y bajas de nuevo a otro valle, completando un desnivel de unos 1000 metros de subida y otros tantos de bajada. Pero no nos malinterpretéis… que la dinámica sea siempre la misma no quiere decir que cada día no sea distinto del anterior, ni que se haga monótono, ni que deje de merecer la pena. Esa etapa tocaba el Col d’Arsine (2340 m), pero lo que es peor, tocaba nuestra primera experiencia con la lluvia (estando de trekking, se entiende… somos de Córdoba y aquello es de secano, pero no tanto). Mojarte por entro y por fuera no es lo más agradable del mundo, pero como tampoco es que se pasara el día lloviendo de continuo, fue llevadero. Además el paisaje acompañó bastante, con vistas a picos de más de 3600 m (cuando se despejaban un poco las nubes).

Ya había escampado un poco…

El caso es que para cuando llegamos al collado ya no llovía, y eso nos permitió ver nuestra primera marmota, que salía de su agujero a ver si había escampado. Que Mónica (que siempre llega antes que yo arriba) me avisara desde lejos de su presencia no le hizo mucha gracia a un tipo que andaba por allí con su cámara de fotos, intentando pillarla…

Ese día tocaba acampar, y lo hicimos en un sitio precioso, al lado del Lac de la Douche, a casi 2000 m, con vistas al glaciar d’Arsine y a la Montagne des Agneux (3664 m). Otra primera vez, ya que nunca habíamos dormido ni tan alto, ni tan aislados, ni tan “en el meollo”. Amanecer allí, otra experiencia inolvidable. Vale la pena comentar que aquí fue tambien donde usamos por primera vez nuestro “kit de cagar en el campo” (que merece un post por si mismo).

Campamento en el Lac de la Douche

El siguiente día (y esto es primicia mundial, porque nunca se lo hemos contado a nadie) yo estaba pal arrastre, así que decidí (y Mony me apoyó) que iba a andar Rita. Así que bajamos al primer pueblo por el que pasaba el autobús, cogimos uno a Vallouise, buscamos el camping, montamos el chiringuito y nos fuimos al pueblo, que es bastante bonito. Y voy a hacer un inciso aquí: algunos de los preciosos pueblos por lo que pasa la ruta bien merecerían una visita, o una exploración más tranquila (que cargados como íbamos, no hicimos). El caso es que descubrimos un garito donde fabricaban su propia cerveza, y con un par de ellas ya estábamos medio pedo. Al poder mágico de la cerveza le sumamos una hamburguesa enorme, y al día siguiente yo ya estaba como nuevo. Bueno… más o menos… (continuará).

Podéis ver todas las fotos de este viaje aquí.

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