Tour de L’Oisans (GR54) II

(viene de aqui)

Menos mal que esa parada en Vallouise nos sirvió para reponer fuerzas, porque la siguiente fue una de las etapas más duras: más de 1000 m de desnivel, pasando dos collados de más de 2700m (Col de l’Aup Martin, 2761 m; Pas de la Cavale, 2735 m) y caminando por la zona más expuesta por la que habíamos pasado hasta ese momento, con vientos realmente fuertes que hacían que Mony, por el peso de la mochila, perdiera un poco el equilibrio. Pero tanto esfuerzo, como casi siempre, merece la pena, y nos vimos recompensados por las maravillosas vistas de la panorámica circundante. De nuevo, bajada, esta vez al refugio Pré de la Chaumette, donde nos permitimos reponer fuerzas con una par de merecidísimas cervezas, y luego acampada cerca del refugio. Aunque al final no lo hicimos, nos planteamos quedarnos en él, porque parecía que el tiempo empeoraba… y vaya si empeoró! Menudo tormentazo nos cayó esa noche! Lluvia, viento, rayos y truenos, el paquete completo. Ahora nos reímos, pero pasamos un susto de narices (Mony en su saco, asomando solo los ojillos, preguntando “¿no nos va a pasar nada, no?”; y yo, cagado de miedo igual que ella, aparentando seguridad y tratando de acordarme de lo que había leído sobre dónde es más probable que caigan los rayos, mientras apagaba disimuladamente el móvil y lo ponía lo más alejado posible de nosotros en la tienda…). Pero esto es lo que buscamos cuando hacemos viajes de este tipo: experiencias. Han pasado cinco años de aquello y me acuerdo perfectamente de aquella noche: dónde plantamos la tienda, el paisaje de alrededor, los ruidos de animales asustados que se oían durante la noche (asustados y asustadores, porque alguno se acercó demasiado para mi gusto a la tienda), cómo se iluminaba la tienda con cada relámpago… recuerdos imborrables, del tipo que no se adquiere tumbado en la playa, del tipo que te hacen sentir vivo, y que el esfuerzo merece la pena.

A la mañana siguiente, amaneció completamente despejado, y fue precioso ver cómo según avanzaba el día y calentaba el sol se fue formando una densa capa de niebla que subió del fondo del valle hasta lo más alto de las montañas cercanas. También fue nuestra primera vez para eso…

Unas cuantas horas más tarde alcanzábamos nuestro tercer collado del día (Col de Vallonpierre, 2607m, tras el Col de la Vallette –2668 m– y el Col de Gouiran –2597 m-), con espectaculares vistas de Le Sirac -3440 m- y del valle al que nos dirigíamos.

La bajada se hizo interminable, después del cansancio acumulado, pero una vez que llegas al Refuge du Clot se convierte en un agradable (aunque largo) paseo al lado del río Valgaudemar. Acampamos en el camping municipal de Le Bourg: es como un parque al lado del río, con sus servicios y una sala común donde se puede cocinar; pasan a cobrar por la mañana, y si te vas pronto hay un buzón donde dejar el dinero. Por lo menos un par de grupos vimos que se largaron antes de tiempo sin pasar por caja. ¡Muy mal!

Al día siguiente tocaba una etapa en principio cómoda. Primero llaneando hasta Villar-Loubière (1033 m), y a partir de entonces, subida hasta el Refuge des Souffles (1975 m). Eso sí, como hacía mucho calor lo pasamos regular. Coincidimos en la subida con un par de franceses, padre e hijo, que iban cargados como mulas y que nos acompañarían ya hasta el final de nuestro viaje; bastante simpáticos. Finalmente llegamos al refugio, y descubrimos lo que allí llamaban la “formule douceur”: un pack de té de menta, tarta y ducha que nos supo a gloria. Aún salivamos al recordar esa tarta de arándanos silvestres. Preguntamos dónde podíamos montar la tienda, preparamos campamento y pasamos una tarde-noche muy agradable, con tiempo para descansar.

La siguiente etapa volvía a ser corta, simplemente terminar la subida al col de la Vaurze (2498 m) y descender hacia Le Désert-en- Valjouffrey (1255 m), con maravillosas vistas al pico de L’Olan (3564 m) mientras se baja. En este pueblito descubirmos que nuestra guía de viaje no era perfecta, porque en teoría se podían comprar provisiones (que nos hacían falta para terminar de realizar la ruta) pero en la práctica no había dónde hacerlo. Pudimos solventarlo, por un lado cenando en un restaurante (otra vez carne, después de tanto tiempo…) y por otro, convenciendo al responsable del albergue (en cuyo jardín dormimos, y cuyas duchas usamos por un módico precio) de que nos vendiera algo de pan, mermelada y fruta. Con eso y las pocas provisiones que nos quedaban de las que habíamos traído de casa, ya podíamos sobrevivir hasta el final!

Volvimos a marchar un día más, otro día cómodo, subiendo al col de la Côte Belle (2290 m) y bajando hasta una zona de vivac justo antes de entrar en Valsenestre (1294 m), en un bosque precioso. Durante la bajada se aprecian formaciones rocosas muy interesantes. El padre y el hijo franceses montaron campamento junto a nosotros, una vez más, aunque llegaron bastante más tarde, porque iban tan cargados que nosotros íbamos a un ritmo más rápido (las ventajas de viajar ligero…). Lamentablemente, el tiempo empeoró, y antes de irnos a dormir ya había comenzado a llover. Y lo hizo durante toda la noche, con un descenso de la temperatura importante. A la mañana siguiente, seguía lloviendo y no tenía pinta de que fuera a mejorar. Decidimos acercarnos a preguntar al pueblo cercano, para ver si nos decían la previsión meteorológica, que resultó no ser muy esperanzadora. La etapa prevista para ese día subía al col de la Muzelle (2625 m) y la guía advertía de que había algún pasaje en el que era necesario extremar las precauciones. Decidimos no arriesgar, y creemos que fue la decisión correcta, porque más tarde descubrimos que en la zona había estado nevando por encima de los 1600 m. Así que nuestro camino se alejó de lo previsto: fuimos a pie por carretera hasta Entraigues, y desde allí intentamos coger un autobús hasta Bourg d’Oisans, sin conseguirlo.

Así que tuvimos que andar un rato más, bajo la lluvia, hasta que un alma caritativa nos recogió y nos acercó a nuestro destino final. Alli descubirmos que el tiempo seguía siendo miserable, y optamos por dormir en un hotelito, para recuperar y descansar después de todos estos días de ruta.

Paseos por el pueblo, cervezas, comida de verdad… y un susto nocturno: una noche, justo al irnos a la cama, sentimos como alguien intentaba entrar en nuestra habitacion. Saltamos de entre las sábanas y abrimos a ver qué pasaba; la pareja que intentaba entrar casi se muere del susto! En el hotel se habían liado y les habían dicho que nuestra habitación estaba libre.

Visto en perspectiva, una experiencia memorable: aprendimos un montón, vimos sitios preciosos y terminamos de contagiarnos de esta “enfermedad” que nos lleva cada año a repetir la experiencia, y a soñar el resto del tiempo con dos cosas: recuerdos del viaje anterior, y expectativas del siguiente.

Podéis ver todas las fotos de este viaje aquí.

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