Chamonix – Zermatt (II)

(Viene de aquí)

Amanece y parece que el paisaje es solo para nosotros; bueno, para nosotros y para las marmotas que nos vamos a ir encontrando a lo largo de la mañana. El día comienza sencillo, bajando hasta el Lac des Dix y remontando su margen oeste en dirección al Mont Blanc de Cheillon (3870 m) y su glaciar. Aunque no llegamos a tan impresionante montaña, ya que el camino se desvía a la izquierda y se dirige al Pas du Chat (2371 m). Bueno, nuestro camino se desvía, porque hay una variante de la ruta que lleva a la Cabane des Dix y que más tarde atraviesa el pie del glaciar.

¿Por qué se llamaran las Agujas Rojas de Cheillon?

Nosotros optamos (por seguridad, ya que no llevamos ningún tipo de material para andar sobre hielo) por cruzar el torrente que viene del glaciar a través del Pas du Chat y continuar dirigiendo nuestros pasos, ahora sí en sentido ascendente, hacia el famoso Pas des Chêvres (paso de las cabras, 2855 m), como alternativa al Col de Riedmatten (2919 m). Tenemos que reconocer que en este punto nos despistamos un poco del camino. Encontrar el paso propiamente dicho (con su puente y todo) nos llevó un tiempo porque nos saltamos un desvío. Y luego hubo otro momento en que nos confundimos y tratamos de subir por una ladera que no era la correcta. Gajes del oficio! Nada que un vistazo al mapa no pueda solucionar. Antes comentábamos que el paso de las cabras es famoso, y lo es porque son unas escaleras ancladas de manera bastante precaria en una pared vertical de unos 40 metros (a ojo, no encuentro el dato exacto…). El caso es que ahora veo que justo al año siguiente de nuestro viaje las reformaron y ahora son, aparte de más seguras, más bonitas porque han colocado unas plataformas desde las que puedes parar a admirar el paisaje (que es espectacular desde allí). Debo confesar que nosotros pasamos un mal rato, no solo por las escaleras en sí, sino por la aproximación a ellas: hay que subir varias pendientes muy pronunciadas de roca suelta e inestable, que nos plantearon muchísima dificultad, porque llevábamos mucho peso y las zapatillas demostraron ahí que una de sus carencias es la falta de agarre. El caso es que tras un buen rato y varios mini-aludes de rocas, conseguimos llegar a las escaleras y subirlas, no sin cierto canguelo por cómo se movían éstas. No es agradable ir subiendo por una escalera vertical de la que literalmente pende tu vida y ver cómo algunos de los puntos en los que se ancla a la roca están sueltos… Yo siempre he dicho que justo en ese momento empezaron a salirme canas.

Velocidad de obturacion alta para que no se vea el movimiento…

Finalmente, tras una plácida bajada, llegamos al pueblo y al camping de Arolla (2006 m), donde nos instalamos y nos comimos un memorable bocadillo de atún con tomate. Total del día, unos 600 m. de desnivel positivo y algo más de 1000 negativos.

Al día siguiente, acusamos la tensión acumulada en la jornada anterior. Estábamos cansados, no habíamos dormido bien, y sabíamos que nos esperaba una de las jornadas menos interesantes de la ruta, de modo que (confesamos) cogimos un autobús hasta La Sage (1667 m) que nos evitó gran parte del recorrido del día. Pero que conste que también andamos, porque según nuestro esquema (totalmente distinto del de la guía) nos convenía avanzar parte de la etapa del día siguiente, que sería excesivamente larga de no hacerlo. Así que desde La Sage comenzamos a subir en dirección al Col de Tsaté (2868 m), y acampamos en un magnifico lugar en las inmediaciones de Remointse du Tsaté (2480 m), cerca de una pequeña charca donde pudimos lavarnos y lavar ropa.

¡Qué bonito es despertar en mitad de la naturaleza! Con las pilas cargadas de nuevo, al día siguiente terminamos de subir el Col du Tsaté, y se abre ante nosotros otro panorama espectacular: a nuestra derecha, el Glaciar de Moiry, y a la izquierda, el lago del mismo nombre, con una variedad de azules impresionante. En vez de dirigirnos a la Cabane de Moiry para desandar ese camino al día siguiente, como dice la guía, habíamos decidido recortar ese tramo del recorrido, de modo que descendemos hasta la bifurcación y giramos hacia el norte, bordeando el lago y subiendo el Col de Sorebois (2847 m). Las formas y colores que dibujan las nubes sobre la superficie del lago son impresionantes, y junto a la multitud de Edelweiss que tapiza los bordes del sendero, nos hacen la jornada mucho más llevadera.

Edelweiss

Lo que no resulta tan llevadero es la larguísima bajada hasta Zinal (1675 m), de casi 1200 m. de desnivel negativo. Zinal es una pequeña y coqueta (y bastante pija) población suiza, destino típico de esquí. Y eso se nota por la cantidad de bares apres-ski que hay. Supuestamente había camping, pero en la época que fuimos nosotros (y una búsqueda rápida en Google lo confirma para la actualidad) éste se reduce a unas mínimas instalaciones en el jardín de un restaurante, en el otro extremo del pueblo. Nos sentimos algo engañados, pero es lo que hay… estos suizos no se han hecho ricos regalando cosas.

La siguiente etapa fue una de las más duras que hemos hecho jamas, no tanto por la ruta en sí (que con 1200 m. de desnivel positivo y 1000 m. de desnivel negativo no es que sea moco de pavo), sino por las condiciones climáticas. Desde bien temprano nos acompañó una ligera niebla que no dejó que brillara el sol en todo el día, lo que hizo que bajara bastante la temperatura, y que no presagiaba nada bueno, y efectivamente, nada más comenzar a subir el paso del día (Forcletta, 2874 m.) comenzó a llover. No pudimos ver prácticamente nada del paisaje que nos rodeaba, que según la guía es bastante impresionante, pero es más, tras coronar el collado no pudimos ver casi nada, porque una niebla bastante espesa nos impedía caminar con facilidad. Afortunadamente, el camino no tenía pérdida en esos primeros tramos de descenso. Algo más tarde, al llegar un grupo de casas y granjas llamado Chalte Berg (2488 m), si que se complicó bastante la navegación. Tanto que optamos por seguir descendiendo por un camino asfaltado que sabíamos que, aunque más largo, nos llevaría a nuestro destino de esa noche: Gruben (1822 m). Teóricamente esa noche tocaba acampada libre en las inmediaciones del pueblo, pero fríos, mojados y hambrientos como íbamos, no nos lo pensamos demasiado y nos alojamos en el único hotel de Gruben. Ducha y comida calientes, lavado y secado con secador de mano de la ropa sucia y mojada que llevábamos, dormir en una cama… Las comodidades de la vida moderna pudieron más que el deseo de conectar con la (en esos momentos, desapacible) naturaleza.

Al día siguiente el clima mejoró algo, pero no gran cosa, al menos no hasta que no cruzamos al otro lado del Augsbordpass (2894 m.). Solo entonces algunos tímidos rayos de sol se colaron por fin entre las espesa capa de nubes bajas que nos acompañó todo el día, y que nos impidieron disfrutar de gran parte de las vistas. La subida es lenta y tumbada, y no se hace incómoda, y el primer tramo de bajada es bastante divertido, porque discurre por un terreno plagado de enormes rocas por las que el sendero zigzaguea, obligándote a ir saltando de una a otra. Así se llega a uno de los puntos panorámicos más espectaculares de la ruta (Twära, 2500 m.), que casi no pudimos disfrutar porque las nubes apenas nos dejaron ver nada. La ruta continúa hasta Jungen, pequeña y bonita aldea de casitas de madera, donde un teleférico te tienta de nuevo a abandonar tus propósitos de ser independiente y llegar por tus propios medios al siguiente punto del camino, St. Niklaus. Aquí hay que explicar que desde los casi 2900 m. del Augsbordpass hasta los 1127 de St Niklaus hay una nada despreciable bajada de alrededor de 1800 m. De modo que nuestras maltrechas rodillas agradecieron enormemente ahorrarse los 800 m. que hay desde Jungen (1955 m.). St. Niklaus es una ciudad propiamente dicha. Bonita, con una bucólica parte antigua de casas de madera y geranios en las ventanas. Pero una ciudad, con su carretera, sus glorietas y sus coches. Lo que no tiene es camping, y como en Suiza la acampada libre está prohibida, y la zona está bastante poblada y civilizada (lo que dificulta encontrar sitios discretos para acampar), tampoco nos quisimos complicar mucho la vida y dormimos en un hotel.

El día siguiente tuvimos que tomar una decisión: continuar la ruta, prolongándola dos días más para llegar a Zermatt (1606 m) a través de la Europaweg, o continuar directos hasta Zermatt por el valle. La Europaweg discurre durante sus más de 30 km de longitud por terreno elevado y más expuesto que el resto del trekking, y aunque es famosa por la belleza de los paisajes que se ven, es más susceptible de resultar peligrosa si las condiciones climáticas no son buenas. Como el clima en este último tramo del nuestro viaje no estaba acompañando, decidimos, por seguridad y porque, en cualquier caso, con las nubes tan bajas que había no íbamos a ver nada, continuar directos a Zermatt. Esta última caminata es un agradable paseo cerca del río y de las vías del tren que recorre el valle del Mattertal hasta llegar al destino final de todo el trekking.. Eso si, la entrada a Zermatt no podía ser más fea. Atraviesas todo un polígono industrial, almacenes, grandes superficies de supermercados… Nosotros nos dirigíamos al camping, que resultó ser una gran decepción: pequeño, abarrotado, con unas instalaciones de pena y sucias, sin un sitio plano donde montar la tienda. Una maravilla, el lugar ideal para descansar después de todos estos días de caminata. Sondeamos otras opciones de alojamiento, para darnos de bruces con una realidad que aunque sospechábamos, nos sorprendió: Zermatt es tremendamente caro. Terriblemente caro. A lo largo de la jornada, habíamos pasado por Täsch (1438 m), una localidad cercana que tiene un coqueto camping, de modo que desandamos nuestros pasos y allí pasamos los pocos días que nos quedaban, entre vistas a Zermatt, excursiones por los alrededores y demás. Y si, se hizo de rogar porque parecía que las nubes bajas no iban a desaparecer nunca, pero finalmente conseguimos ver el Matterhorn.

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Globalmente, podemos decir que es un trekking impresionante, que discurre por algunos de los parajes más espectaculares de los alpes. El desnivel acumulado, con un ascenso y descenso mínimo de 1000 m. cada día lo hace exigente, pero no imposible. Eso si, se agradece poder llevar material ligero. En cualquier caso, es muy fácil de planificar y organizar, porque nunca estás demasiado alejado de la civilización, y comprar comida por el camino es relativamente fácil. Como siempre, una experiencia inolvidable, y en la mejor compañía posible.

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